DISCOGRAFÍA
EL NAÁN
EN BUSCA DE LA TRADICIÓN PERDIDA
Dicen los que saben que los seres humanos ya hacíamos música antes de saber decir una sola palabra. Y que el primer lenguaje estaba edificado sobre el sonido y sobretodo sobre el ritmo. Todas las lenguas que existen y existieron provienen de la música. Como la poesía, que es, antes que nada eso… música, canto.
La palabra versada y lanzada al aire es hermana siamesa de la música. No de la literatura, ni del relato. Su nacimiento, dicen, fue simultáneo. Un solo y apoteósico parto. Su rastro nos conduce a una sola placenta sobre la piedra. La poesía es una ganzúa. La música es vibración y es misterio. Ambas brotan de lo sagrado, como instrumento para poder conversar con lo inexplicable, con lo arcano, con lo que está más allá. La palabra música proviene las musas, que eran diosas protectoras, y Metáfora significa “ir más allá”, a donde habita lo inefable.
Dicen los que saben que allá por la edad de los metales, incluso antes, las personas que oficiaban los ritos sagrados de las tribus sabían hacer vibrar cuerdas y caracolas para encontrar la frecuencia precisa y que también lanzaban palabras al aire con una rima y ritmo adecuados para llevar a la tribu al más allá y que esos poemas podían ser también hechizos de amor o maldiciones efectivas porque ese era el lenguaje de los dioses.
Música y poesía nacieron como algo salvaje y sagrado y las hemos domesticado y refinado a lo largo de los siglos. Chamanes, juglares y DJs han adorado y amamantado ese misterio en cuevas, tabernas y discotecas. De la unión carnal de la música y el verso nació La canción. Y en todo este tiempo ha tomado vida propia y no ha respetado fronteras, razas, ni creencias. Ha viajado de polizón cruzando el planeta de punta a punta en gargantas y tambores, poblando lenguas, mudando de piel, buscando oídos fértiles donde germinar.
Dicen quienes estudian los síntomas del Alzheimer que en nuestro cerebro hay un cofre donde guardamos las melodías y los poemas y que es lo único que queda a flote tras el naufragio del olvido. Los antiguos sabían ajustar la ganzúa, abrir ese cofre, sabían que sirve para curar, celebrar, unir, despedir… Sabían que encontrando y refinando la mezcla adecuada de ritmo, vibración y silencio su poder es magnífico y que la herencia de este conocimiento, generación tras generación, es un valioso regalo que hay que cuidar y pulir de nuevo.
Hasta hace muy poco tiempo este complejo proceso de transmisión de saberes permanecía vivo en las comunidades campesinas de nuestros pueblos. Estaba en el rito mil veces repetido de la tradición oral; escuchar, observar, aprehender, experimentar, transmitir… Una y otra vez, desde la noche de los tiempos y hasta el amanecer.
Pero en estos tiempos de ruido narcisista ¿quién escucha?, ¿quién observa?, ¿quién agradece lo recibido?.
Partiendo de esta concepción de la música y la poesía que nos conecta con lo sagrado y con lo colectivo El Naán siempre nos hemos preguntado ¿dónde están nuestras raíces? ¿Cuál es nuestra tradición?¿cómo podemos reconocerla y cuidarla?.
Un día el gran Maestro y folclorista Joaquín Díaz nos contó la diferencia que había en la Grecia clásica entre la Poesía Rapsódica y la Aédica. Es decir, la que repetía los versos tradicionales y la que componía temas y estilos nuevos. Ya en pleno siglo de Pericles existía una gran controversia ante estas dos maneras de acercarse al arte y esa controversia continua en el siglo XXI . Nuestra intuición nos lleva hacia la segunda. Visto de esta manera respetar la tradición es precisamente no seguirla. Es decir, variarla, introducir modos nuevos, matices o incluso saltos dramáticos. Por eso no nos cansamos de repetir que El Náan no hace música tradicional. Ni queremos ni sabemos. Para eso ya están nuestros admirados maestros que recopilan y cuidan el legado, para poder conocer, para apreciarlo, aprender y que no se pierda esa inconmensurable riqueza. Pero seguramente son necesarios ambos mundos. Rapsodas y Aedas. Lo uno sin lo otro, lo otro sin lo uno, llega a vía muerta.
Sin duda es preciso conocer para atreverse a tocar algo tan valioso con respeto y responsabilidad. Desde la humildad tratamos de aprender cada día de los que saben. Pero también reivindicamos el derecho de usar ese patrimonio, que es el nuestro. No como renovadores si no como continuadores de una tradición ancestral. La que entiende la música y la poesía como algo trascendente que nos conecta y nos empodera colectivamente.
Quizás nuestra tradición no es la castellana, ni la española, ni siquiera la Ibérica Sino una mucho más antigua, la del planeta que habitamos. La que nace junto al fuego compartido. La de ese primer ser que sopló por el caño hueco de un hueso dando a luz una vibración que erizó el vello de los que lo escucharon. Una tradición que no pertenece a ningún lugar, ni escuela, ni nación.
En este trabajo hemos querido explorar ese camino y retomar las artes antiguas de la música y el verso y la canción, para soñarnos poetas y músicos y hechiceros de la belleza.
Quizás esta y no otra es nuestra tradición. Una tradición difusa sin patria ni fronteras, solo caminos que se pierden en la niebla.
Puede ser, no lo sabemos, seguimos buscado.
Páramos Negros del Cerrato.
Otoño 2025